Comunidades de autofinanciación: soluciones a la crisis

Ahora que los bancos no prestan dinero ni al Tío Gilito, muchas personas optan por unirse para dar vida a un fondo común que palíe su necesidad de financiación

Ahora que los bancos no prestan dinero ni al Tío Gilito, muchas personas optan por unirse para dar vida a un fondo común que palíe su necesidad de financiación

Una vez más, la sociedad civil (que como Hacienda, somos todos) va un paso por delante de la política en lo que a soluciones se refiere. Vaya por delante que este tipo de iniciativas tiene más problemas por resolver que el cubo de Rubik, pero es digna de mención, y me atrevería a decir que de elogio: las comunidades de autofinanciación.

Son grupos de personas afines (lo normal es que sean familia o amigos) que crean un fondo común con aportaciones mínimas y máximas para resolver ellos mismos los aprietos que la crisis les presenta mediante ‘microcréditos’. Entre los miembros del grupo se nombra a un tesorero que se encarga de guardar el fondo común (aconsejamos no pensar en Roldán para este puesto), y un contable que va tomando nota de lo que entra y sale de la caja. Cuando un miembro de la asociación necesita dinero, presenta una solicitud y se estudia el caso. De ser aceptada la petición, el beneficiario pagará posteriormente un pequeño interés que pasará a engrosar la cuenta común, de lo cual se benefician todos los miembros para futuros ‘microcréditos’. Los pros están claros: dinero para quien no puede conseguirlo por otros medios. Los contras, también: no está vinculado a ninguna entidad financiera, y por lo tanto no está regulado por el Banco de España, que se supone que tiene que tomar nota de este tipo de movimientos, y tampoco se pagan impuestos por los intereses, lo cual por muy ‘sin ánimo de lucro’ que sean estas asociaciones, muy legal no es.

Los colectivos de inmigrantes, a menudo los que más difícil lo tienen para acceder a financiación bancaria, son los que más están ‘moviendo el cotarro’, y ya han creado varias asociaciones de este tipo en Madrid y Barcelona, alguna con nombres tan rimbombantes como ‘La Gaitana’ o ‘Transformando’. Un consejito, si os metéis en alguna de estas iniciativas, firmar al menos un contrato privado.