EL RETORNO DE KEYNES (y III)
por Idéfix
Creo haber dejado claro después de los dos artículos acerca de la vuelta de J.M. Keynes que soy un firme defensor de lo positiva que puede ser la intervención del estado en la economía. No me convencen quiénes dicen que restringe la libertad: los ciudadanos deben poder decidir democráticamente cuestiones como las privatizaciones de empresas rentables que son de todos o hasta dónde puede endeudarse el estado, cuestiones decididas en los últimos tiempos en nuestro caso en el marco de la Unión Europea, un organismo con un funcionamiento poco democrático.
Debo decir que visto tampoco me sorprende que Zapatero, con un programa bastante liberal –bajadas de impuestos de sociedades, IRPF, supresión del impuesto del Patrimonio- haya sido tan pacato a la hora de inyectar dinero público. A pesar de que se hable de 33.000 millones en obra pública, la única novedad real son los 11.000 millones destinados a los ayuntamientos. Un dinero que va a crear empleo temporal de baja cualificación, en un sector que tiene todos los visos de ser un enfermo terminal. Las infraestructuras, muy necesarias, pueden paliar el problema del paro en la construcción durante un tiempo, pero el dinero invertido en esa dirección se sustrae del que debería ser invertido para reconvertir nuestro tejido económico.
Educación e investigación deberían ser nuestras prioridades. Con un tejido empresarial tan conservador como el nuestro –no olvidemos que nuestras grandes empresas provienen en su mayoría de las privatizaciones, siendo la contratación, el despido y las cargas sociales más baratas que en los países de nuestro entorno- parece que le toca al estado hacer el esfuerzo de educar e investigar. Al menos durante unos años, para acabar poniendo en pie algo parecido a lo que existe en Japón y que tan bien relataba este bloguero en una entrevista: la universidad investiga y las empresas pujan por los proyectos más interesantes.
Más de un mes después del segundo artículo de la serie keynesiana he conseguido aclarar mis ideas acerca del plan de Zapatero: me parece poco ambicioso y peligrosamente cortoplacista. Me explico.
Creo haber dejado claro después de los dos artículos acerca de la vuelta de J.M. Keynes que soy un firme defensor de lo positiva que puede ser la intervención del estado en la economía. No me convencen quiénes dicen que restringe la libertad: los ciudadanos deben poder decidir democráticamente cuestiones como las privatizaciones de empresas rentables que son de todos o hasta dónde puede endeudarse el estado, cuestiones decididas en los últimos tiempos en nuestro caso en el marco de la Unión Europea, un organismo con un funcionamiento poco democrático.Debo decir que visto tampoco me sorprende que Zapatero, con un programa bastante liberal –bajadas de impuestos de sociedades, IRPF, supresión del impuesto del Patrimonio- haya sido tan pacato a la hora de inyectar dinero público. A pesar de que se hable de 33.000 millones en obra pública, la única novedad real son los 11.000 millones destinados a los ayuntamientos. Un dinero que va a crear empleo temporal de baja cualificación, en un sector que tiene todos los visos de ser un enfermo terminal. Las infraestructuras, muy necesarias, pueden paliar el problema del paro en la construcción durante un tiempo, pero el dinero invertido en esa dirección se sustrae del que debería ser invertido para reconvertir nuestro tejido económico.
Educación e investigación deberían ser nuestras prioridades. Con un tejido empresarial tan conservador como el nuestro –no olvidemos que nuestras grandes empresas provienen en su mayoría de las privatizaciones, siendo la contratación, el despido y las cargas sociales más baratas que en los países de nuestro entorno- parece que le toca al estado hacer el esfuerzo de educar e investigar. Al menos durante unos años, para acabar poniendo en pie algo parecido a lo que existe en Japón y que tan bien relataba este bloguero en una entrevista: la universidad investiga y las empresas pujan por los proyectos más interesantes.
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