El impacto económico de Madrid 2016

Estos días Madrid está emocionado con la posibilidad de ser sede olímpica en 2016. Es el mayor evento que puede una ciudad acoger pero, ¿es realmente un negocio redondo?

Estos días Madrid está emocionado con la posibilidad de ser sede olímpica en 2016. Es el mayor evento que puede una ciudad acoger pero, ¿es realmente un negocio redondo?

Hoy acaba la visita-examen de los evaluadores del COI (eso sí que es un buen curro, viajas por todo el mundo y en todo el mundo te hacen la pelota) a Madrid. Dicen que se van muy contentos, y eso que la jefa es marroquí y no ha podido probar el Jabugo. El resto creo que sí, y eso suma puntos incluso en plena gripe porcina (Gripe A, perdón a los señores de Guijuelo).

El caso es que las Olimpiadas es el acontecimiento mediático más importante del mundo, sólo comparable a la celebración de un Mundial de fútbol, y de lejos. Eso se traduce en prestigio, nuevas infraestructuras para la ciudad y subsedes y muchos visitantes, para el año en cuestión y para el futuro. Pero eso, más que en dinero, se traduce en intangibles. Vayamos a los números. Según Ruiz Gallardón, el presupuesto de Madrid 2012 rondaba los 10.000 millones de euros, y ello está más o menos Madrid 2016, de los que el 59% corresponderían al sector de la construcción; el 30% al de servicios, y el 11% al industrial. Eso sólo en la capital, porque las subsedes necesitan de otros 5.000 millones de euros aproximadamente (es que las pruebas de vela en el río Manzanares serían muy cutres). Se comenta que todo esto genera y generará unos 14.000 puestos de trabajo sólo en Madrid, y se calcula que el año anterior a su celebración y los cinco siguientes el aumento del número de visitantes representaría más de 2.500 millones de euros adicionales de renta económica para Madrid, así como 35.000 puestos de trabajo nuevos. Por otro lado, los derechos de retransmisión por televisión, y los ingresos obtenidos de los patrocinadores del propio COI (decidos sólo en parte al Comité Organizador) se calcula que dejarían en Madrid 2016 otros 1.000 millones de dólares. Los ingresos procedentes de los patrocinadores locales se sitúan en torno a los 430 millones de dólares, más otros 286 en especie. En el día después, muchos estudios cuestionan que de verdad se atraigan nuevos turistas, y muchas de las infraestructuras deportivas quedan para el olvido, aunque nadie cuestiona que es un empujón definitivo para infraestructuras viarias y sociales necesarias que de otra forma se enquistarían en el tiempo. John Lucas, un autodenominado experto en historia de las Olimpiadas (hay de todo en la viña del señor) de la Penn State University, lo tiene claro: «Las Olimpiadas actuales operan en dos niveles: números rojos para el contribuyente y extraordinarios beneficios para contratistas y otros grupos de presión.»

Y es que mucha gente dice que unos Juegos Olímpicos son el ‘adiós muy buenas’ de cualquier economía maltrecha, y la española no está para tirar cohetes (esperemos que en 2016 ya hayamos salido de ésta). En concreto, parece que fue en Montreal 1976 cuando esto de las Olimpiadas se convirtió en un pozo sin fondo para las finanzas: el déficit fue terrible, tuvieron que poner un impuesto nuevo para sufragar las pérdidas que siguen pagando hoy, el estadio olímpico es ahora un criadero de malas hierbas, el hipódromo sirve como botánico… Ojo al gráfico.

Tanto es así que sólo Los Ángeles presentó candidatura para los Juegos Olímpicos de 1984. Da que pensar… Después, estos elevadísimos déficits se fueron corrigiendo, y en Seul 1988 volvió a verse superávit. A partir de ahí, nuevas pero pequeñas pérdidas en lo que al presupuesto se refiere. Si el prestigioso diario The economist pidió en 2004 al COI que Londres no fuera sede olímpica, quizá sea por algo.